
A sus 27 años, Nicolás Laméndola hizo el partido de su vida. Tucumano de nacimiento, formado y criado en Atlético, aunque con algunos pasos en Atlético Rafaela y Aldosivi, ambos en Primera Nacional, ya había desbordado a Santiago Arias en el primer duelo del encuentro. Lo que siguió fue un recital. Dos goles, uno después de una corrida de 40 metros y otro fantástico, con un derechazo enroscado desde el vértice izquierdo del área que se incrustó en el ángulo opuesto para cerrar el resultado. Dos asistencias para los restantes tantos de la goleada por 4 a 0 a Independiente que puso al Decano en cuartos de final de Copa Argentina. Y además, un concierto de carreras y gambetas que descompuso por completo a un equipo que fue casi una caricatura.
Laméndola fue el líder de un conjunto sin fisuras. Firme atrás para desnudar la inoperancia ofensiva rival; veloz en la transición y quirúrgico arriba para detectar las mil grietas que expuso el Rojo en la noche rosarina, y que más allá de la eliminación de una competencia que el club había marcado como objetivo prioritario, puede traer muchas consecuencias en el futuro a corto plazo del equipo.
La Argentina es la única copa que Independiente tiene atravesada como un hueso en la garganta. Desde que en 1970 lo eliminó Atlético Palmira de Mendoza, se convirtió en una interminable colección de desastres y frustraciones. De hecho, nunca logró superar los cuartos de final. Claro que hubo pocos tan estruendosos como el padecido en el estadio Marcelo Bielsa.

Todo lo que podía salirle mal al Rojo le salió incluso peor. Porque no se llevó una derrota vergonzante, sino que dio muestras de una fragilidad exagerada en todos los aspectos: físico, anímico y, por supuesto, futbolístico.
En el primero, fue muy evidente la diferencia de energía y repentización respecto a los jugadores del Decano; a lo que se sumaron lesiones de distinto calibre que afectaron a varios de sus hombres. La cuestión anímica se hizo palpable, a partir del minuto 28 de la primera mitad, cuando Santiago Montiel estrelló un penal -sancionado a través del VAR- en el palo izquierdo de Luis Ingolotti. Por entonces la chapa todavía estaba igualada a cero, y el fallo fue un gancho al mentón del que el Rojo nunca pudo recuperarse. En el juego, los dirigidos por Gustavo Quinteros enseñaron un sinfín de defectos en todas las líneas. El arquero de Atlético apenas pasó sustos -ni siquiera el penal fue producto de una acción bien elaborada-, y la defensa fue una colección de despropósitos, algunos muy groseros.
El técnico del Rojo había decidido un par de medidas arriesgadas luego de las dos caídas consecutivas por el torneo Clausura. Una con mucho consenso entre los hinchas, la inclusión de Maximiliano Meza en lugar de Matías Abaldo en el equipo titular. La otra, bastante más discutida, el debut del uruguayo Santiago Mele -un pedido expreso de Quinteros para este mercado de pases-, lo que motivó la suplencia de Rodrigo Rey, hasta ahora un intocable en el arco.

La primera le duró muy poco tiempo al entrenador del Rojo. A los 22 minutos se torció el tobillo el chileno Maximiliano Gutiérrez y debió recuperar a Abaldo, cuya falta de confianza quedó expuesta cada vez que le cayó la pelota en los pies. Peor todavía, fue una pérdida suya en ataque la que propició la contra que acabó en el 1 a 0 a favor del equipo tucumano.
A Mele tampoco le fue mucho mejor. Por un lado, le tocó padecer la noche más oscura de una defensa que había asomado firme en los primeros encuentros del campeonato. Asistió como testigo cercano -y posiblemente desesperado- al estado de desconcierto general en el que entró Independiente luego de quedar en desventaja. Es cierto que le tapó dos veces en un minuto a Manuel Brando lo que pudo ser segundo tanto del Decano antes del descanso. Pero antes, Nicolás Laméndola le había descubierto un agujero por el primer palo en su salida para abrir el marcador. Después, apenas miró el toque de Brondo anticipando a Kevin Lomónaco en el 2-0, quedó muy lejos del zurdazo cruzado de Franco Nicola en el tercero y su vuelo no pudo impedir el golazo final de Laméndola.

Con semejante panorama enfrente, el conjunto conducido por Julio Falcioni se hizo un auténtico festín. La cuenta se detuvo en cuatro, pero pudo alcanzar la cifra que el Decano se hubiera propuesto. Enfrente solo había la sombra de un equipo de fútbol.
Después de dos victorias en el arranque del semestre, Independiente se asoma al abismo mucho antes de lo que cualquier pesimista podía imaginar. Sin ninguno de los refuerzos de campo que pidió, Quinteros quedó al frente de un grupo que solo le ofrece disgustos, y que en el que quizás él mismo vaya dejando lentamente de creer.
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