El equipo de Guillermo semifinalista.
Una noche para el infarto, donde se pasó de la agonía al extasis; una noche loca de emociones mezcladas. Un partido que se sabía de antemano durísimo y que Boca se encargó de hacer dramático.Un poco así fue la noche donde el Xeneize venció por penales a Nacional y clasificó a la semifinal de la Copa Libertadores.
Dramatismo, incertidumbre, bronca, desazón, tensión, explosión, alegría, desenfreno. La noche de la Bombonera fue una montaña rusa emocional.
Porque Boca, que había logrado un buen empate con gol de visitante en Montevideo, salió a jugar cualquier partido menos la final que se jugaba. Se veía que el mensaje que Guillermo repitió toda la semana no caló en sus jugadores.
El equipo estuvo impreciso, nervioso, demasiado desconectado como para que Nacional se apodere de la pelota y en un desborde y centro al área provoque el gol de Cata Díaz en contra. Cambio de planes para Boca. El gol en propia valla del Cata reseteó la serie y aquel gol de Fabra en Montevideo que parecía la llave para cerrar la serie de local, pasó a la historia.
Al gol en contra se le sumó la lesión de Meli que obligó al primer cambio con la entrada de Carrizo. Pérez se hizo amonestar por protesta. Cata ya estaba amonestado. El nerviosismo se hacía notar y Boca no encontraba respuestas. Chávez se perdió el empate de manera increíble. Fue un primer tiempo para el olvido.
En el ST equipo no mejoró. Fue un poco más vertical, pero sin ideas. Hasta que Chávez se lesionó y entonces entró Palacios. Y Boca fue todo Tevez peleando contra los centrales uruguayos y Fabra intentando por izquierda y Pavón intentando desnivelar por la banda y no mucho más.
Boca fue y se expuso. Y faltaban 20 minutos para el final y parecía que la cosa no se abría. Y había un silencio raro en la Bombonera. Y la postal parecía un drama. Entonces apareció Cristian Pavón y definió cruzado al palo derecho del arquero uruguayo haciendo explotar los corazones xeneizes. Otra vez Pavón, el mismo que descomprimió la serie con Cerro Porteño. Otra vez en el “arco de los milagros”.
Y Boca gritó. Y Cristian Pavón lo gritó tanto que fue expulsado. Una de cal y una de arena. Boca se quedó con 10 por el festejo desmedido del jugador. Lo expulsó el pelado Lopes, árbitro brasileño que estuvo sensible toda la noche.
1 a 1 y penales. Y a partir de ahí todos conocemos la historia: la consagración de San Orión que atajó tres penales cuando Boca parecía muerto tras los fallos de Pérez e Insaurralde. La delicadeza de Fabra para tocar a lo Messi un penal decisivo y la definición de Carrizo para delirio de todo el pueblo boquense.
Un festejo que vale muchísimo. Porque Boca es Boca, porque Boca es Copa, y porque cuando el equipo no apareció apareció la mística copera. Esa que tiene Guillermo, esa que está bañada en el oro de las seis copas conquistadas, esa misma mística que hoy recorrió cada cuerpo y cada alma conectada a la Bombonera.
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